lunes, 21 de septiembre de 2009

Madidus

Vámonos, vida mía. Dejemos este mundo y naveguemos el mar infinito de nuestros deseos. Abandonemonos a nuestras caricias, a nuestros besos, a nuestros tiernos roces. Mis entrañas no necesitan más alimento que la dulce humedad de tus labios, que el exquisito calor de tus muslos, que la suave ternura de tus senos...

Necesito verte, amor, necesito alcoholizarme con tus brazos, embriagarme de ti, intoxicarme de ti. Ansío beberte, tomar cada rincón de tu organismo entre mis labios, besar y besar hasta que la noche nos consuma en su ardiente oscuridad. Borracho, bailo y canto de alegría, de pasión, ahogado en la locura que es tu cuerpo, bañado en la dulzura que es tu piel. Amor, te deseo amor... Me derrumbo ante tí, me colapso con tu mirada, me sofoco con tus palabras; porque estar ante tí es caer víctima de la insaciable sed; pero estar sobre tí, cariño mío, es morir presa del más salvaje sueño, es caer asfixiado entre los más furiosos ríos, es explotar en el más violento éxtasis.

Ven a mí, amor...



(Pintura: JA Ingres. La fuente. 1856)

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