Moviste mi dedo índice entre tu lengua y tu paladar, tus dientes me pellizcaban tiernamente, como tratando de despertar pequeñas chispas de dolor que generaran minúsculos movimientos en mis tendones digitales. De repente creaste un vacío, y mi sangre se estancaba en los capilares de mis yemas, aumentando la temperatura de tu saliva, invocando un eritema en mi de por sí ya rosada piel. Todo esto lo hacías con ambos ojos cerrados, concentrándote en tratar de apagar tu adicción con los movimientos de tus labios, con las caricias de tu lengua, con los espasmos de tu garganta.
Tu boca y yo eramos uno mismo, compartíamos la misma locura, la misma electricidad, el mismo, inmenso y asfixiante placer.
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